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10 años de PANACHI, y la lección de Antioquia para Santander

La tan mentada envidia Santandereana debe diluirse como percepción, para enarbolar las banderas de la solidaridad, que es algo en lo que los Antioqueños nos llevan terreno. Hay algo que nos facilita la tarea: tanto unos como otros, tenemos a Colombia como único apellido.

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Por Henrique Gómez Paris

@hgomezparis

Diciembre 2 de 2016

De nuevo, Medellín mostró la mejor cara de Colombia. Qué grandiosa y admirable sociedad que no se dejó opacar por el pasado de violencia y narcotráfico que otrora dañó su nombre ante el Mundo, y en cada oportunidad se impone con lo mejor de su humanidad, buscando la excelencia, revelando la esencia colombiana que se respira entre sus montañas. Orgulloso estoy de mi ancestro antioqueño, de carácter pujante, inagotable y noble, reflejado en su máximo esplendor antenoche, en el estadio Atanasio Girardot Díaz, donde se congregaron miles de personas, con el único propósito de sanar el dolor de la pérdida de los tripulantes del vuelo que envió a la eternidad, de forma prematura para todos, a la mayoría del equipo de fútbol Chapecoense, por un absurdo accidente, superado por la expresión de solidaridad y de amor de los Antioqueños.

Eso somos los colombianos en esencia. Un pueblo sufrido pero valiente, escaso de oportunidades pero luchador, sin muchos recursos en el bolsillo pero solidario. Como resultado de semejante expresión, Nacional se negó a recibir la Copa Suramericana de parte del campeón Santa Fe, y pidió que le fuera cedida al golpeado pero meritorio equipo brasilero. Quienes apreciaron por un receptor o redes sociales el homenaje antioqueño al rival caído, como mínimo les habrá despertado escalofrío.

Estas letras las escribo conmovido hoy 2 de diciembre, día en que se cumplen 10 años de la inauguración del Parque Nacional del Chicamocha, obra ejecutada por un dedicado y laborioso santandereano, que irrumpió en la política motivado por un espìritu trabajador y una vocación de servicio que no se apagó con la conclusión de su carrera policial. Curiosamente -y puedo afirmar que no fue planeado- la inauguración coincidió con el 17o aniversario de la muerte de Pablo Escobar, resultado que concretó el exgobernador Hugo Aguilar, en su época de Mayor de la Policía, en favor de la institucionalidad colombiana.

El destino hizo que yo dejara de lado mi proyecto de residencia en París, para llegar a Bucaramanga a hacer parte del gobierno del coronel Aguilar. Mi expectativa no era distinta a la de poder ser útil a un país que amaba pero que no ofrecía porvenir a mi generación; pero el talante, nivel de compromiso y sentido de pertenencia con el que Aguilar adelantaba sus ejecutorias, no solo despertó mi admiración por su gobierno, sino que me comprometió emotivamente por una tierra de la cual tenía también ancestro, pero nada mas.

Me sorprendió constatar que el principal enemigo del Gobernador, para sacar adelante el llamado PANACHI, no provino del centralismo Bogotano, ni de resentidos seguidores de Pablo Escobar, ni de la visión inferior de sus colaboradores que sin discusión ejecutábamos su agenda, sino de los propios santandereanos, cuya clase política tradicional no le perdonaba a Aguilar haberles ganando la Gobernación. Múltiples viajes y agotadoras jornadas de gestión adelantó el coronel Aguilar con Bogotá para que su proyecto de desarrollo turístico fuera atendido; pero solo encontraba puertas cerradas, por recomendación de los santandereanos que tenían acceso al alto Gobierno. Hasta que, en una intrépida decisión, propia de su capacidad operativa, el gobernador Aguilar hizo aterrizar al presidente Uribe y su comitiva, el 18 de enero de 2006, en el proyecto del Parque Nacional del Chicamocha, que ya había superado el movimiento de tierras y empezaba a sentar sus bases. Para infortunio de sus contradictores, el Primer Mandatario verificó que las habladurías en contra de Aguilar eran infundadas, y resolvió su apoyo a la ejecución de la iniciativa.

La primera etapa de las obras le correspondió al actual gobernador, Didier Tavera, como secretario de desarrollo departamental. Luego recibió la posta Juan Carlos Sierra, y todo me imaginé menos que me correspondería a mí la última etapa, lo que resultó un enorme reto, pero que iba asegurado gracias a que se encontraba al frente de las labores operativas, un resuelto Carlos Fernando Sánchez, que hacía liviana la tarea del Secretario. El gobernador Aguilar era un hombre de cumplimiento de cronogramas, y tuvo que mover en mas de una ocasión, la fecha para inaugurar la obra. Al corresponderme la responsabilidad de la ejecución del parque, al asumir la Secretaría en agosto de 2006, me fueron dados tres meses para culminar la obra: escogimos el 2 de diciembre, y ni una prórroga mas.

Y fue en la organización de la inauguración, que caí en cuenta de la efemérides, algo que ni el coronel Aguilar había reflexionado. Lo cierto es que fue un día de gran impacto, pues se materializó algo que acababa con la mala costumbre de dejar en promesas lo empeñado en campaña: fue habilitado el cañón del Chicamocha como atractivo no solo para Colombia sino para el Mundo. Su entrada en operación fue existosa, y en menos de dos años Santander logró ocupar el primer lugar de destino de extranjeros en Colombia. La tarea por el desarrollo turístico de Santander debía continuar, y después de la administración de Horacio Serpa, las urnas respaldaron la buena gestión del coronel Aguilar, eligiendo a su hijo Richard como Gobernador.

Heredero de las cualidades laboriosas de su padre, Richard Aguilar tomó su idea de construir un ecoparque en un cerro tutelar del Area Metropolitana de Bucaramanga, para que la oferta turística de Santander no se viera limitada al Parque del Chicamocha, y se constituyera un triángulo turístico, que se cerraría con la represa de Topocoro, consolidando así la vocación de esta naciente industria sin chimeneas. De nuevo Carlos Fernando Sánchez hizo gala de su experticia, y con diligencia se aseguraron los recursos para el cumplimiento de la promesa estrella de campaña, justo cuando el gobierno del presidente Santos le arrebataba las regalías a los departamentos productores.

La obra se realizó, pero desde su delineamiento, volvió a encontrar resistencia en los mismos santandereanos, que aun hoy siguen atacando la obra, descalificándola con absurdos como ser la responsable de la crisis de la salud y la precariedad de la educación, desatendiendo no solo el impacto que genera en favor de la dinámica económica del Departamento, sino el aval de otros santandereanos que han hecho empresa en diversas latitudes, como el caso de Mario Hernández, que en cada oprotunidad da su opinión en favor de la talla internacional del Ecoparque Cerro del Santísimo.

Lejos de alimentar un memorial de agravios, la invitación es a la de reconocernos como la sociedad solidaria que se mostró ante el Mundo el inolvidable 30 de noviembre de 2016, y dejar atrás la mezquina que se sabotea a sí misma, porque no ve como propios los logros de sus coterráneos. La tan mentada envidia Santandereana debe diluirse como percepción, para enarbolar las banderas de la solidaridad, que es algo en lo que los Antioqueños nos llevan terreno. Hay algo que nos facilita la tarea: tanto unos como otros, tenemos a Colombia como único apellido, siendo tiempo de imitar lo bueno entre nosotros, y dejar en el pasado lo que habla mal de nuestras costumbres, así como Medellín lo logró, con su homenaje a los héroes de Chapecó.

 

 

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