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A 200 años de la muerte del sabio Caldas, la revista Semana exaltó a su verdugo

Contrarrestando el vergonzoso homenaje de Semana a Pablo Morillo, evoco al profesor de matemáticas, astrónomo, botánico  e ingeniero colombiano que al suplicar por su vida, le respondieron que "España no necesita de sabios", con un desprecio similar al que actualmente le dan a profesionales destacados y científicos, que anhelan trabajar por Colombia

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Por Henrique Gómez Paris

@hgomezparis

Colombia es un país privilegiado por la riqueza de su suelo, la riqueza hídrica que lo nutre y rodea, y la resolución y carácter de la sangre de sus fundadores, que llegaron a sacrificar su vida por su libertad. Estos atributos están reflejados en los colores de su bandera, siendo el último el más valioso, por ser un homenaje perenne a la entrega de los primeros ciudadanos que dieron su vida por la consolidación de una ciudadanía libre.

Sin embargo, en un país sin sentido de pertenencia como el nuestro, no solo es de extrañar que se pretenda sustituir al rojo de nuestra bandera por relacionarlo con el estado de violencia en el que vivimos, sino que se deje en el olvido la honra de la memoria de quienes construyeron nuestra nacionalidad. Pero lo que ya supera los límites del desapego, es que una tribuna de opinión tan importante como la revista Semana, le haya dedicado sus páginas, en el bicentenario del sacrificio del sabio Caldas, a su verdugo, el general en jefe español Pablo Morillo, sanguinario y torpe funcionario sin mérito destacable, mas allá de sus ejecutorias de barbarie y terror. 

La labor de Morillo como virrey, no tiene para mostrar sino la mediocre acción de un juez resuelto a sentenciar a muerte a cuanto granadino señaló de alta traición, dejando de lado el carácter político de su cargo, que lo llamaba a  reconstruir una colonia, que como todas actuó bajo la corriente independentista que generó la usurpación del trono de España. Sin embargo, Semana no tuvo reparo en publicar un análisis del perfil y de los motivos que llevaron a Morillo a actuar como lo hizo (casi que justificándolo), dejando en un segundo plano lo que significó para Colombia la sacrificio de vidas de grandes colombianos como Camilo Torres, Antonio Villavicencio, Custodio García Rovira y el propio Francisco José de Caldas.

El 28 de octubre de 1816, Caldas fue sentenciado a muerte por Morillo. Al día siguiente, fue conducido a la plazuela de San Francisco con José Miguel Montalvo, Francisco Antonio Ulloa y Miguel Buch, para ser fusilado. El coronel venezolano Cruz Ojeda, que tuvo la penosa tarea de llevar su cadáver a la fosa correspondiente, dejó para la posteridad que Caldas murió a la primera descarga, cuyos ocho tiros le entraron por la espalda y le abrieron una inmensa tronera en el pecho. El taco de uno de ellos incendió el vestido, y yo apagué el fuego con agua que tomé en la pila vecina. El cadáver de Caldas quedó como a horcajadas, y lo taparon con un paño de frisa.

En el primer centenario del sacrificio de Caldas, sus restos fueron conducidos con la fastuosidad del caso, de Bogotá a Popayán; su casa de la capital fue donada por Roberto París Gaitán para que sirviera de museo en su memoria; se instalaron bronces en Bogotá, Manizales y Popayán, y varias calles, barrios, municipios e incluso un departamento de Colombia, llevan su nombre.

Contrarrestando el vergonzoso homenaje de Semana a Pablo Morillo, evoco la memoria del profesor de matemáticas, astrónomo, botánico  e ingeniero, que una vez fue detenido, dirigió desde La Mesa una carta en la que suplicaba por su vida, ofreciendo su capacidad científica al servicio del Virreinato. España no necesita de sabios, fue la lánguida respuesta a su angustiosa exposición, con un desprecio similar al que actualmente le dan a profesionales destacados y científicos, que anhelan trabajar por Colombia.

 

 

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