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La guerra que continúa en Colombia

Con la trama de una paz inexistente, estamos corriendo el riesgo de aplazar el fin de la verdadera guerra que nos aflige (la no armada), perpetuando el estado de pobreza del que se privilegia nuestra mediocre clase política.

paris

Por HENRIQUE GOMEZ PARIS

Columnista

La guerra armada duele. A ningún ser humano, por más que esté relacionado con ella, le complace esa realidad; pero los colombianos, intentando escapar de ella, vivimos en un mundo de cuentos; y tal vez por eso tiene tanta acogida la farsa en nuestro país (estafas, pirámides, politiquería), con la creencia que todo lo que nos saque de la realidad, resulta un alivio. De aquí se puede explicar que seamos un país folclórico por excelencia, pues a pesar de vivir asfixiados  por el drama diario de la pobreza, la marginación, el desempleo y la corrupción, nos destacan como uno de los países más alegres del Mundo.

En contraposición, existen sociedades que ya han resuelto la mayoría de sus problemas, pero son tristes. Tuve el honor de visitar a Corea del Sur en 2014, un espléndido país, nutrido de gente educada y honorable, que vive con permanente sentido de pertenencia, y en función del desarrollo de su sociedad; son orgullosos de su patrimonio cultural, y trasfieren los buenos resultados de su prosperidad al Mundo, sin egoísmos, pero con una clara visión de crecimiento.

Sin embargo, muy a pesar de haber resuelto sus problemas fundamentales, Corea cuenta con una alta tasa de suicidios, por lo que les resultó incomprensible durante mi visita, que los colombianos fuéramos tan dispuestos, tan alegres y tan descomplicados. ¿Cómo lo logra?,me indagó con enorme expectativa un alto funcionario de una empresa estatal coreana. Le di mi apreciación: para nosotros, las oportunidades son tan escasas y tan luchadas, que disfrutamos y agradecemos al máximo, lo que hemos podido lograr.

¿Cómo podríamos nosotros tener la alegría de ustedes? Preguntó de nuevo el amable señor Kim. No estoy seguro –le respondí- pero le diría que si tan solo agradecen sus logros, dándole el más valor a sus resultados que a sus frustraciones, darían un gran paso. Nosotros, en cambio, nos jactamos de lo que no tenemos, y despilfarramos lo que nos sobra, sin haber construido lo que nos falta. Le quedó claro a mi interlocutor, que el reto de ellos era posible de vencer.

Corea del Sur vivió una cruel guerra civil en la década de los 40. Tres años de confrontación dejó un saldo de 2 millones y medio de muertos y devastación a lo largo de su territorio. Aunque suene terrible, mi conclusión inmediata fue, que los colombianos somos mediocres hasta para matar: ¡ni en 50 años produjo nuestra guerra los muertos que Corea se propició en 3!

Pues así es. A partir de ese viaje, entendí que la verdadera guerra que debemos emprender los colombianos, es contra nuestra propia mediocridad, y lo haremos el día que decidamos no vivir de más farsas, de ilusiones que no caben en la realidad. Corea del Sur logró la paz con una política de desarrollo industrial, que le condonaba créditos a empresas capaces de cumplir con metas de crecimiento; no premiando con cuantiosos recursos a temibles narcoterroristas. Corea logró la paz, con una educación de excelencia que le ofrece porvenir al estudiante; no con la igualación por lo bajo de técnicos y profesionales, para que frustren sus aspiraciones. Corea logró la paz, porque no se desaparecieron los recursos de Cooperación Internacional gestionados para dichos propósitos; no con la negación de una corrupción creciente, que no deja castigos ejemplares para los que se nutren de ella.

Si el Gobierno tuviera verdadera intensión de paz, seguiría ejemplos y modelos reales como el de Corea del Sur. Si los colombianos la anheláramos de verdad, demandaríamos de programas serios, donde nuestro trabajo sea reconocido y exaltado, en lugar de ser testigos de cómo se premia a las FARC. Con la trama de una paz inexistente, estamos corriendo el riesgo de aplazar el fin de la verdadera guerra que nos aflige -la no armada-, perpetuando el estado de pobreza del que se privilegia nuestra mediocre clase política. De este lamentable escenario, lo único previsible y seguro, es que más tardarán los Coreanos del Sur en aprender a ser felices, que nosotros en perder la alegría que tanto nos elogian.

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