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La historia del prócer colombiano que se levantó ante los que le vieron morir

De repente, el cadáver de Torres, con la cara destrozada por las balas, intentó ponerse de pie con dificultad, y los aterrorizados advenedizos, salieron a correr en tal desorden y trastorno, que a muchas personas se les perdieron muchos objetos, y particularmente los sombreros.

Octubre 14 de 2016

paris

Por Henrique Gómez Paris

@hgomezparis

 

Tan lamentable como el estancado debate de los acuerdos de paz y el plebiscito de refrendación, ha sido la indiferencia con la que va pasando el bicentenario del sacrificio de tantos próceres colombianos, que fueron condenados a muerte por haber promovido y defendido la independencia del país. En ese entonces, por llamarse Nueva Granada, no se hablaba de colombianos sino de granadinos, a aquellos ciudadanos que a partir del 20 de julio de 1810 adoptaron una nueva nacionalidad, en respuesta al espíritu de la ilustración, que infundía la igualdad, la libertad y la fraternidad, en las colonias españolas de Indias.

Bogotá se llamaba Santafé, y era una pequeña ciudad que se hallaba bajo un régimen de terror, que se valió de fusilar o ahorcar en plaza pública a los que llamó rebeldes y traidores a la majestad del Rey Fernando VII, pero que de acuerdo a la opinión de un hombre de la clase trabajadora de la época, don José María Caballero Ochoa, no se perdonaba a ninguno que fuese hábil o rico: a los unos por privar las luces para que siempre vivamos en la ignorancia, y a otros para echarse sobre sus bienes.

El 5 de junio de 1816 se brindó el primer espectáculo de sangre con el fusilamiento de don Antonio de Villavicencio, el famoso conde en cuyo honor estaban organizando una comida, los criollos que fueron a pedirle el florero a González Llorente. El destino de éste español fue seguido por los bogotanos José María Carbonell, Jorge Tadeo Lozano, Joaquín Grillo y Mariano Grillo; los santandereanos  Ignacio de Vargas, Crisanto Valenzuela, Antonio Baraya y Custodio García Rovira; y muchos otros entusiastas a quienes debemos nuestra nacionalidad.

Y así como pasó sin pena ni gloria el bicentenario de estos admirables y románticos idealistas, podría apostar que ninguno de los cientos de jóvenes estudiantes que se agolparon tardíamente en la Plaza de Bolívar el pasado 5 de octubre a pedir que refrendaran unos acuerdos ya objetados en las urnas, sabía que en ese mismo lugar, exactamente doscientos años atrás, habían sido fusilados dos expresidentes granadinos (un payanés y otro cartagenero), un exconde español que había cambiado sus títulos de nobleza por los derechos de ciudadano libre, y un bogotano que había sido de los primeros congresistas por su perfil de educador.

Los cuatro condenados a muerte por el consejo de guerra del día anterior, eran Camilo Torres Tenorio, Manuel Rodríguez Torices, Felipe Valencia Codallos, y Manuel Dávila. Todos fueron abatidos por un pelotón de fusilamiento, dispuesto en el costado sur la plaza mayor de Santafé, en pleno día de mercado. Las personas que iban por los vìveres de sus hogares, terminaron fijando su mirada en la ejecución que tenía lugar allí. Los cadáveres del exconde Valencia y de Dávila habían sido recogidos del cadalso, mientras que los de los expresidentes Torices y Torres seguían en las sillas donde les fue quitada la vida. Un testigo relató a Pedro María Ibáñez, autor de Crónicas de Bogotá, que de repente, el cadáver de Torres, con la cara destrozada por las balas, intentó ponerse de pie con dificultad, y los aterrorizados advenedizos, salieron a correr en tal desorden y trastorno, que a muchas personas se les perdieron muchos objetos, y particularmente los sombreros.

Lo sucedo corrió por cuenta de que nadie se ofreció a ser el verdugo de los dos exmandatarios, condenados a morir en la horca. Entonces resolvió el general Morillo, que cayeran fusilados con Dávila y Valencia, y posteriormente ahorcados. Y como muchos visitantes a la plaza no se habían percatado de que los malogrados dirigentes tenían ya puesta la soga en el cuello, fueron espantados por el momento en que el cadáver de Torres comenzó a ser elevado.

Mientras los cuerpos de Torices y Torres pendían de sus horcas, Morillo hacía que los ultrajaran. Seis horas duraron en exhibición los cadáveres, que fueron decapitados una vez les descolgaron. Al día siguiente, todo transeúnte que ingresaba a la ciudad por la actual avenida Jiménez con carrera 18, podía ver expuesta la cabeza de Camilo Torres en una jaula con acceso a los buitres, mientras que la de Torices ofrecía el horrendo escarmiento por la actual carrera 13 con calle 26.

Es difícil construir sociedad sin sentido de pertenencia. Es iluso hablar de paz, sin valorar el sacrificio de quienes nos precedieron. Por fortuna el senador Luis Fernando Velasco logró en la pasada legislatura la aprobación de una Ley en homenaje a tantos próceres que con su sangre nutrieron el rojo de nuestra bandera; pero se torna en letra muerta, cuando la cotidianidad no sabe rendirles tributo, desconociendo su legado. Terminará 2016 dejando sin mención, los bicentenarios del sacrificio de Francisco Cabal, el sabio Caldas, Miguel Montalvo, Joaquín Chacón, Francisco Morales, Enrique Gómez Plata y José Martín París.

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